El viento lo decía todo. Este día era el profetizado, y este mundo maldito cesaría al punto de no quedar de él más que olvido, ni ruinas siquiera. Sus cenizas se las llevaría el viento.
Clara Corría por la calle, cubriendo de las quemaduras su cuerpo con su gruesa campera de simil cuero. El viento cortante había hecho refugiar a les camioneres en los bares, tras espesas jarras de cerveza, que agoraban el fin eventual de la jornada, pero Clara veía más allá de su seguridad: Tenía una misión.
No se veía el horizonte, desdibujado por ondas de extraña procedencia. Al llegar a la puerta de la galería abrió la puerta, disparó hacia dentro, y cerró en menos de un pestañeo. Se internó en la estructura para encontrarse con Andres y Sansón, quienes estaban frotándose y besándose con mucho énfasis sobre la mesa de la recepción.
-Chée, aflojen un toque. Hay cosas que hacer, el mundo no se puede acabar hoy.- Dijo Clara, mirando en otra dirección.
Con un gesto digno de un león, Andres acabó sobre sansón, y se inclinó a succionar el orgasmo de su compañero. Luego, se limpió los labios, se puso el pantalón, y sacó las llaves.
-¿Estás segura de intentarlo?-Tomás dijo acercándose a la puerta.
-Mirá que ir contra el destino-Dijo, recostado, Sansón.
-Los profetas del fuego sagrado no merecen el placer de arrasarnos, el mundo estéril de sus sueños (al que quieren retornar, como los dioses quisieron el olvido de Prometeo y sus artes) no merece lugar ni recuerdo. Vencimos la esclavitud, vencimos el hambre, el odio puede ser vencido.
Con esas palabras, Clara avanzó por los pasillos amuralados hacia la sala de las armas. El arsenal era formidable, pero ella solo necesitaba el revolver aguja. Arma pequeña de gran precisión. Lo tomó como a un niño del diablo, y cuando estuvo al borde de meditar, lo guaró en un bolsillo interno de su chaleco y caminó derecho hacia el tunel que la dejaría en el lugar crucial.
Entre mis compañeres había quien se había logrado infiltrar entre los profetas, servidores del "odio cósmico". Fue tarde, a ellos les habían ya dicho como invadir.
Tarde, pero no tanto. Su plan dependía en un solo eslabón fundamental de la acción de una única persona. Yo no tenía seguridad sobre quien sería, pero alguien se infiltraría a la central para causar alguna falla, no teníamos claro de que tipo.
Me oculté en un rincón sobre uno de los equipos casi tan altos como la habitación, y tranquila esperé.
Pasaron las horas.
Se acumulaba el sueño.
Se acumulaba la irritación.
Mi cerebro buscaba el odio,
tuvo donde encontrarlo.
Casi a la medianoche llegó un viejo de cara de serpiente a la habitación, apunté a su nuca, giró ya habiendo prendido el equipo que llevaba. Me miró fijamente.
-Detenerme, inmolarme, no servirá de nada. Suelta tu dolor, suelta tu esperanza ¿acaso no sabes que el mundo hoy se acaba? Yo solo soy peón de un ajedrez que juegan dos soldados en medio de la guerra. Como si yo solo fuera una fugaz ficción, mi vida o mi muerte no cambiarán nada.
Seguí apuntando, pero aflojé las manos. El enchufó la máquina y se fue. Volví por el túnel, mientras oía las hojas pisadas.
Llegué a la sala de armas, dejé el revolver.
Volví entre los murales y el crepitar. Me miraron consternados a mi regreso. Yo sentía la respiración como un sueño ya aliviada a pesar de la humareda.
-¿Por qué? ¿Al final cediste ante el destino?
-No, salgamos a ver el amanecer nocturno-Dije calmamente.
Entre toces, subimos las escaleras hasta el final del edificio. Era hermoso el carmesí.
Aterrizaban los ellos, pero yo era feliz.
Solo quería ver el mundo arder.
martes, 15 de mayo de 2018
domingo, 11 de marzo de 2018
La autopista
Me desperté
en medio de un valle de faroles y árboles, era de noche. A lo lejos se veía el
nacimiento de un monte que terminaba por encima de las nubes (tal vez en el
infinito, me imaginé hace unos años). Me levanté y busqué a mi alrededor los
árboles blancos. Me dolía la cabeza, como si una estrella de mar de ardiente
estuviera pegada desde mi coronilla hacia mi frente. No había ningún árbol que
yo conociese hasta donde alcanzaba mi mirada, y de reojo recordaba de mi sueño
una sonrisa. Encontré un rastro de sangre en el suelo, como si estuviera mal
limpiado, y la tierra parecía un abominable vampiro bebiendo el rastro.
Empecé a
seguir el rastro entre árboles y faroles, en paralelo a la montaña, oliendo los
jazmines alienígenas que me rodeaban.
Llegué a
una cueva, donde había una estatua de piedra de un anciano gnomezco, con una
grotesca sonrisa. Me adelanté a esa boca que surgía del suelo.
Había una
tenue neblina adentro y un silencio denso como sopa de cebolla, había luces de túnel
en el techo. Colgué mirándolas, y en un momento encontré que había perdido el
rastro de mi sangre. Recordé la estatua del anciano, tenía sangre entre los
dientes. Escuché el ruido a lo lejos, creí comprender todo y eché a correr,
hasta que vi que se abría una grieta en el cielo. Los árboles blancos, y el
anciano de piedra sonriéndome. Salté como un gato a la rama mas cercana,
escuché durante unos minutos su rugido, y después su risa descarada, una
carcajada.
-¡Ya te vas
a bajar!-Rujia el anciano, relamiéndose entre palabra y palabra.
No le
contesté, y fui saltando rama a rama, de árbol en árbol, acercándome a la
ciudad.
-Ya te vas
a caer, ¡cagón! – rugía a veces.
Yo sentía
como pasaba de a poco la semana. Empecé a escuchar los autos a lo lejos, estaba
cada vez más cerca de la ciudad.
Vi la
autopista.
-¡Vas a
venir de rodillas, pidiéndome que te
salve del olvido y de la muerte!-Me dijo, como babeándose de hambre, supuse.
Entré a la
ciudad. Vi como yo mismo salía, las personas decidieron olvidarme… me acerqué a
hablarles, nadie me escuchaba. Unos diablos y gusanos se me acercaron con
lanzas y empezaron a atacarme. Huí despavorido de ese infierno y fui a buscar
al anciano de piedra, para que me comiese.
Lo ví a lo
lejos, y al borde del desmayo me acerqué a él, sangrando y llorando como un
cerdo, colmado de cortaduras que los diablillos y gusanos me habían hecho. El
anciano me ofreció un puñado de cerezas, escupió al piso un carozo. Sus dientes
parecían manchados de sangre, agarré de las cerezas que el me ofrecía, comí.
Empezó a limpiar y curar mis heridas.
-Esta vez
no huyas, primero recuperate y después vemos como hacemos para volver.-Dijo el
anciano.
-¿Vamos a
volver? Se murió el viejo sabio y la Pacha está sellada por un maleficio.
-Vamos a
volver, también Odín murió, pero continuaremos igual, tenemos a Minerva de
nuestro lado.


Gatos Amarillos
Me desperté
en la playa. No había nadie, lo que era raro, estabamos en plena temporada,
Mardeajó, cinco de la tarde, cuando esperas escuchar los chillidos de la
infancia jugando en el agua salada y el dulce canto de los vendedores de
choclo.
El mar…
¿Cómo describirlo? El guardavidas no estaba, pero había dejado la bandera… La
bandera era blanca.
Estaba más
aburrida la cosa que chupar un clavo, y me molestaba verdaderamente la arena en
el culo, por lo que volví a las dunas, para volver a la ciudad.
El viento
tiraba arena en mis ojos, como astillas. Cerré los ojos, y con los ojos
cerrados me fui corriendo a la ciudad. El viento cesó cuando dejé de sentir que
pisaba arena.
Abrí los
ojos enrojecidos, y pude ver la ausencia total: a donde mirara era blanco
papel, salvo por unos guijarros amarillos patito… agarré uno y sentí una
quemadura terrible, y al soltarlo vi que la palma de mi mano había sido
devorada por la nada.
Me sentí
profundamente desconcertado, y me quedé mirando como idiota para todos lados.
Mi desconsuelo frenó al rato, al ver que a lo lejos estaba el inicio de una
calle borroneada.
Fui
corriendo, hasta que me encontré en el centro de la ciudad. Había una vieja
tomando mate en el umbral. Me dirigí hacia mi casa, no había rastros de
guijarros, y había gente.

Vi, como si
pispeara, salir un reflejo extraño de una alcantarilla, algo amarillo patito,
como un globo, decidí ignorarlo. Seguí caminando, y encontré dispersos por la
calle, como emisarios del infierno, esfumándolo todo a su tacto, más de ellos
que los que hubiera creído poder hallar en una pesadilla. Rendido, tomé un guijarro, lo tragué.
El otro lado del pantano, o sea, la conciencia.
Helaba la noche y murmuraban los árboles. Estábamos caminando por
avenida Rivadavia, cerca de la altura de la plaza flores. Los nidos de los
sarrales que allí vivían se quedarían en unas horas sin alimento… saldrían a
cazar almas y yo quería estar protegida en mi casa cuando llegase ese entonces.
No podía comprender aún el lenguaje del viento, pero si hubiera podido
(aunque fuera por una breve psicosis) habría sabido si me convenía o no tomar
el colectivo o seguir caminando. Era poco más que la medianoche y Laura estaba
borracha, mirando al cielo, mientras yo no lograba decidirme. A lo lejos se oía
un susurro. Decidí no darme vuelta, pero Laura si lo hizo. La miré.
-Eh Caro, ahí está uno de esos pájaros raros.
Carolina chilló y nos echamos a correr (ella cagada en las patas y yo de
la risa). Escuché el canto de cuatro notas que anunciaba que había podido
alimentarse el pájaro. Escuché que venía el colectivo, miré para atrás y vi a
Carolina levantándose del piso, y al zarral yéndose majestuosamente (como un
príncipe de las tinieblas). Tenía la mirada esa que tienen quienes nacieron sin
haber debido.
El colectivo paró y me subí de un salto antes de que me agarrara una de
esas aves del infierno. Pagué mi viaje y me senté en el asiento de más atrás.
Me balanceé un poco sobre mi misma para poder tranquilizarme, para tratar de
procesar mi tristeza. Se había ido una gran amiga (… para siempre, como si
hubiera muerto).
Me bajé dos paradas después de donde debía, troté hasta la puerta. En la
casa estaban algunas amigas de joda. Pasé a la cocina para comer algo, ahí
estaba Norberto lavando los platos. Le pregunté si había quedado algo de la
cena, me señaló la olla. Agarré un tenedor recién limpio y comí lo que quedaba
del risotto. Fui hacia la sala en que estaba Delia jugando en la computadora,
me paré al lado de ella.
-Cuando estaba viniendo venía con Caro… pero se despertaron los
sarrales.-Dijo Laura con su voz queda de siempre.
Dejé la computadora, me dí vuelta, y en poco mas que un instante entendí
lo que decía. No lloraba, no se la veía angustiada, me estaba mintiendo. Dijimos
un par de boludeces. Escuché el timbre, abrí la puerta, era Carolina. Estaba re
dada vuelta. Nos saludamos y fuimos a la sala donde se puso a decirme que el
transa la había re cagado y que se sentía re decepcionada.
Carolina estaba a un costado mirando mordiéndose la mano, la escenita de
siempre que no le seguía su jueguito pelotudo. Me acerqué a ella, mientras
Carolina iba hacia la cocina.
-¿Qué pasa que no la saludas?-Dijo Delia, buscando mi mirada.
-Te lo dije.
-No hagas escenas, si querés inventarte cuentos andá a otra -Escuchamos
un grito que venía del lado de la cocina. Fuimos corriendo hacia allí. Carolina
estaba muerta y la cabeza de Norberto rodaba por el suelo.
jueves, 23 de febrero de 2017
Los sueños del miedo
El aroma del solvente orgánico me mareaba, arrastrándome al beodo sueño mas tóxico, otra vez avanzaba inexorablemente no a la puerta de cuerno, no a la de marfil, si no a la humilde puerta de latón (la de los adivinos, los dementes, los ángeles y los perversos). Delante mío se hallaba una boletería, todos los pasajes valían lo mismo. Estaba en uno uno de los grandes cruces de la red.
A cinco metros de la boletería (mas o menos, nunca fui bueno para medir la profundidad) había (rodeándola) ciento cuarenta y nueve bocas de subte y tren (solo treinta y dos de subte) que conectaban mi sueño con el futuro, el pasado, las ficciones y otros sueños. Ya sabía por experiencia que las bocas al futuro eran inatravesables salvo para los entes reversos, quienes no podían atravesar las puertas al pasado, y que no podían comunicarse con nosotros (sus reversos) por evidentes razones.
Decidí tomar uno de los trenes que conectaban con otros sueños, que eran los que mas nos enseñaban sobre los otros hombres y meno sobre la vida misma y sobre uno mismo.
Estaba en una estación de un tren que iba a Lomas de Zamora, había pterodáctilos y niños solos, trises, con brazos o piernas amputadas, que crecían rápidamente (mirando al cielo) volviéndose en primera instancia vagabundos y después morían (algunos como seniles ancianos).
Lo solido parecía líquido y muy viscoso, me dí cuenta que había algo verde, de aspecto seco y baboso, esperaba una eternidad, atrapado (con su tamaño similar al hombre) en una grieta de una estación ferroviaria, a la muerte de la humanidad o su esclavitud ante la llegada de sus hermanos antediluvianos de otra estrella. Él era quien soñaba (podía oler su miedo, ver su odio... prisionero de los siglos).
Al el darse cuenta de que lo miraba y exploró quien era yo (superficialmente). El tiempo comenzó a pasar tan lento que el aire parecía casi gelatina (respirar costaba mucho, y sentía mi sangre como piedras dentro mío, pero aún así podía caminar).
-Dejame solo Odiseo-Dijo La Masa.
Escupió un chorro de baba que difícilmente pude esquivar. Dos huecos llenos de pus apuntaban a mí (me miraban). El ser trató de salir del hueco arrastrándose, de vuelta el tiempo rápido, el piso líquido, etc.
Salí corriendo, escuchándolo arrastrarse por los túneles (que tenían tubos infinitos a su largo) hasta que pude imponer mi propio tiempo, y me metí en una estación a esperar al subte. No parecía llegar mas. Miré a la cosa babosiseca mirándome desde el túnel. Estaba quieta en apariencia, salvo por sus ojos veloces como el tiempo. Al llegar el subte me lo tomé y esperé a llegar a la terminal para bajarme del sueño.
Estaba babeando al piso, con los ojos desorbitado y el cuerpo todo entumecido. La campana estaba cerrada y la reacción química se hallaba en marcha, salí del laboratorio, dejé el equipo de seguridad y me fui a ver a los pibes al bar.
Decidí tomar uno de los trenes que conectaban con otros sueños, que eran los que mas nos enseñaban sobre los otros hombres y meno sobre la vida misma y sobre uno mismo.
Estaba en una estación de un tren que iba a Lomas de Zamora, había pterodáctilos y niños solos, trises, con brazos o piernas amputadas, que crecían rápidamente (mirando al cielo) volviéndose en primera instancia vagabundos y después morían (algunos como seniles ancianos).
Lo solido parecía líquido y muy viscoso, me dí cuenta que había algo verde, de aspecto seco y baboso, esperaba una eternidad, atrapado (con su tamaño similar al hombre) en una grieta de una estación ferroviaria, a la muerte de la humanidad o su esclavitud ante la llegada de sus hermanos antediluvianos de otra estrella. Él era quien soñaba (podía oler su miedo, ver su odio... prisionero de los siglos).
Al el darse cuenta de que lo miraba y exploró quien era yo (superficialmente). El tiempo comenzó a pasar tan lento que el aire parecía casi gelatina (respirar costaba mucho, y sentía mi sangre como piedras dentro mío, pero aún así podía caminar).
-Dejame solo Odiseo-Dijo La Masa.
Escupió un chorro de baba que difícilmente pude esquivar. Dos huecos llenos de pus apuntaban a mí (me miraban). El ser trató de salir del hueco arrastrándose, de vuelta el tiempo rápido, el piso líquido, etc.
Salí corriendo, escuchándolo arrastrarse por los túneles (que tenían tubos infinitos a su largo) hasta que pude imponer mi propio tiempo, y me metí en una estación a esperar al subte. No parecía llegar mas. Miré a la cosa babosiseca mirándome desde el túnel. Estaba quieta en apariencia, salvo por sus ojos veloces como el tiempo. Al llegar el subte me lo tomé y esperé a llegar a la terminal para bajarme del sueño.
Estaba babeando al piso, con los ojos desorbitado y el cuerpo todo entumecido. La campana estaba cerrada y la reacción química se hallaba en marcha, salí del laboratorio, dejé el equipo de seguridad y me fui a ver a los pibes al bar.
Pequeño cuento
...el aroma almendrado que brotaba de la copa de su mejor amigo indicaba una amenaza o advertencia. Por gracia divina había sido volcada sin ser probada por labio alguno, el vino quedó derramado en el mantel. Se peinó el pelo con las manos y dejó fluir el aire (levemente enrarecido por el cianuro) por sus tercos pulmones ennegrecidos por el tabaco. Miró al implacable techo que tapaba el cielo, la bóveda tachonada de estrellas, miró a su amigo y sintió que la respuesta estaba cerca, como si estuviera en la punta de su lengua o en la luz láser que marcaba la frente de su amigo. Pudo ver el encéfalo de su amigo esparcido en la mesa y oír el sonido del trueno. La rabia cubrió su torrente sanguíneo. Miró hacia la humeante pistola y vio que la sostenía el aire, no apuntaba hacia el. Se le acercó y la empujó, automáticamente calló al suelo. El cargador estaba casi vacío, le quedaba solo una bala. Oyó un murmullo a través de la puerta que daba a esa habitación, se acercó. No pudo reconocer en el discurso más que su nombre y un tono emocional que indicaba que sería el próximo ejecutado. Vio en sus manos la pistola. ¿Abriría la puerta y dispararía o esperaría que la abran? ¿Le dispararía a ellos o a el? Acercó su mano derecha al pomo de la puerta y la retiró. Escuchó la voz más grave alejándose al igual que la más aguda en una dirección y escuchó la respiración de la tercera voz al lado de la puerta. Seguramente lo que fuera estaba fumando un cigarrillo parado tranquilamente esperando a que abriera la puerta, para no disparar a través de ella dejando marcas, o quizá estuviera en la misma posición que el viendo cuando abrir la puerta, con las mismas dudas que el del otro lado, como un reflejo simétrico de si mismo pero con motivaciones diferentes, mas oscuras y siniestras. O quizás estaba sentado en una silla mirando la puerta sosteniendo su mentón con su palma imitando la imagen de la famosa escultura “el pensador” salvo por una sonrisa viperina con su lengua bífida de serpiente y sus ojos sangrando de emoción. Quizá era una bestia aterradora de una especie rayana la extinción que existía desde hace millones de años bajo tierra o proveniente de una lejana estrella que había decidido que era el fin de la humanidad y el comienzo de una nueva era para su raza, o tal ves solo era seguidor de el líder que hubiera decidido eso, o peor todavía, un cipayo humano que había decidido traicionarnos con el fin de obtener un gran poder dentro del estatus de la humanidad ya sometida a esos bichos espantosos.
Inhalé profundamente y decidí que eso abriría la puerta y yo lo liquidaría. Escuché como giraba el pomo de la puerta, y pensé en sangre. Al abrirse la puerta hice sonar mi arma que perforó al hombre verde con branquias y sin nariz que había estado agitando una bandera blanca. Los otros hombres verdes me miraron con una expresión indescifrable en su rostro.
-Manuel, ¿no es una lástima? ¿No había otra forma de solucionar nuestro conflicto con ellos?
-Ya tratamos, pero viste como eran los humanos. Al inicio del conflicto les ofrecimos la paz, después de solo unas pocas muertes de cada lado. Ellos no la aceptaron, no nos dejaron otra alternativa.
Inhalé profundamente y decidí que eso abriría la puerta y yo lo liquidaría. Escuché como giraba el pomo de la puerta, y pensé en sangre. Al abrirse la puerta hice sonar mi arma que perforó al hombre verde con branquias y sin nariz que había estado agitando una bandera blanca. Los otros hombres verdes me miraron con una expresión indescifrable en su rostro.
-Manuel, ¿no es una lástima? ¿No había otra forma de solucionar nuestro conflicto con ellos?
-Ya tratamos, pero viste como eran los humanos. Al inicio del conflicto les ofrecimos la paz, después de solo unas pocas muertes de cada lado. Ellos no la aceptaron, no nos dejaron otra alternativa.
Cuento del otro lado del vacío
Este cuento lo había escrito el 26 de abril de 2011, cuando cursaba CBC. El año anterior, último año del secundario tenía un amigo y compañero de cursada, con quien hablábamos bastante sobre religión (teníamos un cope con lo que es Castaneda y esas cosas que hoy día me suenan a chamuyo), filosofía, política y literatura. El cuento lo estoy posteando sin revisar, salvo porque corregí un error de ortografía), está tal como quedó cuando lo escribí.
Alexandrof estaba bebiendo de a vasos su botella de vodka mientras miraba la fogata en medio del campamento. Segundo a segundo sentía los tañidos de la perdida de su conciencia a manos de la ebriedad y el sueño, pero mantenía forzosamente la vigilia para cuidar a sus camaradas.
Desde que se murió Vansha el no pudo recuperar su felicidad. Su alegre y sonrojado rostro ya no volvería a ser visto, la mascara que el se había puesto era la del moribundo eterno.
El frente rojo estaba siendo debilitado por los fascistas, y hasta había rumores de que un nuevo arma, por los germanos creada, era la causa de la rara afección que día a día los diezmaba.
Suponían que debía ser un nuevo tipo de arma biológica. Los cadáveres extraños, tenían fosforescencias y el único síntoma que antes de la muerte presentaban era una aguda anemia, que terminaba en cadáveres que tenían tanta sangre como una roca en saturno. Miro al cielo, donde a una distancia que para el humano es la misma que la infinitud, hacia una estrella, que le recordaba a su amada.
Se escucho un susurro siniestro entre las hojas.
Miro a sus costados y nada encontró. Miro su reloj, las 25:30 marcaba.
El invierno en Betauri es avasallador, pero en la URRS Boreal, el frío es similar, por lo cual podíamos aguantar más que los germanos, quienes vivían en el ecuador de este mundo.
Tosió unas cinco veces, miro atrás y vio el echillo risueño floreciendo.
El árbol comenzó a liberar su embriagador aroma que ensoñaba a los soldados, e inspiraba las letras y cantos de batalla durante la guerra.
Por urgencia Alexandrof abandono su puesto de vigilancia para ir a vomitar el guiso de lentejas y los tres litros de vodka que había ingerido.
Apenas termino de evacuar su bilis en la nieve, el oyó de vuelta el ruido que antes había oído, aquel escalofriante crepitar de las hojas, pero esta vez vio una sombra que lo miraba fijamente.
Paranoicamente agarro su metralleta y disparo hacia el ser que ante el se encontraba.
Cuando a el se aproximo, encendió su lámpara para ver a que le había disparado.
Estaba extendido en una larga superficie el cadáver de un símil a un oso hormiguero, pero con espinas y ojos felinos.
Alexandrof callo victima de las ensoñaciones que provocole el echillo.
Al despertar, encontró que, el ser al que le había disparado, al abrirle el estomago a cuchillazos con el motivo de “ENCONTRE COMIDA PARA COSINAR A LA SAL” encontró sangre de hedor a humano muerto.
Informo el descubrimiento a sus camaradas y decidió temporalmente retirarse del frente de batalla por un corto rato.
Sin que nadie lo viera recogió un par de flores del echillo, y fue a caminar por el bosque.
Empezó a buscar un lugar tranquilo y al echillo lo molió entre dos piedras (que el siempre traía a mano para moler el grano que le enviaban para comer en el frente, las cuales nadie sabía el conocía bien de la montaña en la que a Vansha conoció, en donde supo cual era el sentido de la vida en dicho momento y su amor mas profundo a ella expresó) y lo mezclo con bicarbonato de sodio y agua, y lo inhalo, cuan sobrio cerdo. Por un instante sus ojos cerro, e inhalo y exhalo felicidad y relajación.
Al abrirlos vio a un árbol que en frente tenía, conversando con otro acerca de los invasores que parecían no ser de este mundo, entre los que estaba el y empezaron a nombrar la ubicación de cada uno de los campamentos en los cuales los humanos se hallaban. Ciudades enteras que en los últimos treinta años hubo el humano construido por el tercer planeta de Beta Centauri (Betauri), campamentos de la URRS Boreal y de la URRS Austral, hasta que empezaron a nombrar a bases desconocidas que eran propiedad de los germanos.
El no tenía nada con que anotar esta valiosa información, excepto por una piedra, y una cuña. Mientras escribía las tres primeras bases, a paso firme y esperanzado (hemos batido al enemigo el pensó) rumbo al campamento, recibió en la cabeza una bala de plomo nazi. La piedra no fue capturada por los germanos, quienes la tomaron por una piedra cualquiera, y recogieron el cuerpo del muerto Alexandrof para ver como estaba llendo su nueva bioarma, a la cual el sovietico había liquidado. Solo les quedaban diez de aquellos energumenos. Tambien por el hecho de que la carne de los sovieticos era mas tierna que la de sus vacas, y prendia mejor al fuego por las grandes cantidades de alcohol que tenían en la sangre… sercanas a sangre disuelta en alcohol.
Mientras los germanos confiscaban la res que habían recogido mientras se les congelaban los labios los la baba que caía de sus bocas pensando en el manjar que iban a comer, los arboles contemplaron la roca con cierta curiosidad. Tambien les dio miedo que los fascistas, capaces de comer a un individuo de su propia especie, temieron por lo que pudieran hacer con ellos, que ni siquiera eran del planeta que les había dado origen. Decidieron alertar a los sovieticos durante sus sueños de echillo (los sueños de hechillo de estos hombres) de la posición de la piedra y otras informaciones que dieron un final a la guerra mas optimista que el esperable
Alexandrof estaba bebiendo de a vasos su botella de vodka mientras miraba la fogata en medio del campamento. Segundo a segundo sentía los tañidos de la perdida de su conciencia a manos de la ebriedad y el sueño, pero mantenía forzosamente la vigilia para cuidar a sus camaradas.
Desde que se murió Vansha el no pudo recuperar su felicidad. Su alegre y sonrojado rostro ya no volvería a ser visto, la mascara que el se había puesto era la del moribundo eterno.
El frente rojo estaba siendo debilitado por los fascistas, y hasta había rumores de que un nuevo arma, por los germanos creada, era la causa de la rara afección que día a día los diezmaba.
Suponían que debía ser un nuevo tipo de arma biológica. Los cadáveres extraños, tenían fosforescencias y el único síntoma que antes de la muerte presentaban era una aguda anemia, que terminaba en cadáveres que tenían tanta sangre como una roca en saturno. Miro al cielo, donde a una distancia que para el humano es la misma que la infinitud, hacia una estrella, que le recordaba a su amada.
Se escucho un susurro siniestro entre las hojas.
Miro a sus costados y nada encontró. Miro su reloj, las 25:30 marcaba.
El invierno en Betauri es avasallador, pero en la URRS Boreal, el frío es similar, por lo cual podíamos aguantar más que los germanos, quienes vivían en el ecuador de este mundo.
Tosió unas cinco veces, miro atrás y vio el echillo risueño floreciendo.
El árbol comenzó a liberar su embriagador aroma que ensoñaba a los soldados, e inspiraba las letras y cantos de batalla durante la guerra.
Por urgencia Alexandrof abandono su puesto de vigilancia para ir a vomitar el guiso de lentejas y los tres litros de vodka que había ingerido.
Apenas termino de evacuar su bilis en la nieve, el oyó de vuelta el ruido que antes había oído, aquel escalofriante crepitar de las hojas, pero esta vez vio una sombra que lo miraba fijamente.
Paranoicamente agarro su metralleta y disparo hacia el ser que ante el se encontraba.
Cuando a el se aproximo, encendió su lámpara para ver a que le había disparado.
Estaba extendido en una larga superficie el cadáver de un símil a un oso hormiguero, pero con espinas y ojos felinos.
Alexandrof callo victima de las ensoñaciones que provocole el echillo.
Al despertar, encontró que, el ser al que le había disparado, al abrirle el estomago a cuchillazos con el motivo de “ENCONTRE COMIDA PARA COSINAR A LA SAL” encontró sangre de hedor a humano muerto.
Informo el descubrimiento a sus camaradas y decidió temporalmente retirarse del frente de batalla por un corto rato.
Sin que nadie lo viera recogió un par de flores del echillo, y fue a caminar por el bosque.
Empezó a buscar un lugar tranquilo y al echillo lo molió entre dos piedras (que el siempre traía a mano para moler el grano que le enviaban para comer en el frente, las cuales nadie sabía el conocía bien de la montaña en la que a Vansha conoció, en donde supo cual era el sentido de la vida en dicho momento y su amor mas profundo a ella expresó) y lo mezclo con bicarbonato de sodio y agua, y lo inhalo, cuan sobrio cerdo. Por un instante sus ojos cerro, e inhalo y exhalo felicidad y relajación.
Al abrirlos vio a un árbol que en frente tenía, conversando con otro acerca de los invasores que parecían no ser de este mundo, entre los que estaba el y empezaron a nombrar la ubicación de cada uno de los campamentos en los cuales los humanos se hallaban. Ciudades enteras que en los últimos treinta años hubo el humano construido por el tercer planeta de Beta Centauri (Betauri), campamentos de la URRS Boreal y de la URRS Austral, hasta que empezaron a nombrar a bases desconocidas que eran propiedad de los germanos.
El no tenía nada con que anotar esta valiosa información, excepto por una piedra, y una cuña. Mientras escribía las tres primeras bases, a paso firme y esperanzado (hemos batido al enemigo el pensó) rumbo al campamento, recibió en la cabeza una bala de plomo nazi. La piedra no fue capturada por los germanos, quienes la tomaron por una piedra cualquiera, y recogieron el cuerpo del muerto Alexandrof para ver como estaba llendo su nueva bioarma, a la cual el sovietico había liquidado. Solo les quedaban diez de aquellos energumenos. Tambien por el hecho de que la carne de los sovieticos era mas tierna que la de sus vacas, y prendia mejor al fuego por las grandes cantidades de alcohol que tenían en la sangre… sercanas a sangre disuelta en alcohol.
Mientras los germanos confiscaban la res que habían recogido mientras se les congelaban los labios los la baba que caía de sus bocas pensando en el manjar que iban a comer, los arboles contemplaron la roca con cierta curiosidad. Tambien les dio miedo que los fascistas, capaces de comer a un individuo de su propia especie, temieron por lo que pudieran hacer con ellos, que ni siquiera eran del planeta que les había dado origen. Decidieron alertar a los sovieticos durante sus sueños de echillo (los sueños de hechillo de estos hombres) de la posición de la piedra y otras informaciones que dieron un final a la guerra mas optimista que el esperable
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