martes, 1 de julio de 2014

Pesadilla Chaquenia


Cortó el hilo al terminar de emparchar su mochila negra. Guardó su regla de cálculo y salió de su departamento, después del edificio, y al final se dirigió a la parada de colectivo.
Era absurdo que, siendo ingeniero informático, usase regla de cálculo, aunque fuera para su labor como ingeniero electricista, pero el era tan excéntrico que no era claro como había sido chapado.
El siete no llegaba más. A las cuatro y media habían pasado dos horas desde que llegó a la parada. Ya comenzaba a salir el sol, al final se tomó un taxi (no quería perder el micro en retiro, que salía a las siete). Tenía que ir a ver como había que instalar la red eléctrica entre dos poblaciones del chaco. Por suerte llegó a tiempo a retiro.
No hay mucho que comentar del viaje, Emiliano lo transitó dormido, no hubo inconvenientes, fue absolutamente normal. Después alquiló un auto y se metió en la ruta 57 durante unos kilómetros, para después desviar su rumbo hacia el medio de la nada. Armado solo con un mapa se internó en el desierto, y al caer la noche se echó a dormir en fuera del auto.
Al día siguiente se despertó con un fuerte dolor de cabeza y un poco de hambre. Se comió unos sándwiches que guardaba en una heladerita portátil que tenía dentro de la mochila. Después se dio cuenta que no tenía suficiente combustible como para ir y volver. Decidió reanudar el viaje y ver después de terminar el trabajo si podía conseguir nafta.
Cuando ya había vuelto a manejar un buen rato pasó un uniformado montado a caballo enfrente suyo que lo hizo detener. Parecía de finales de siglo diecinueve o principios del veinte, y tenía un leve acento inglés.
-¿Qué hace usted en las tierras del Abad Maximiliano Calvino?-Dijo el soldado, frenando su caballo y poniendo una mano sobre su pistola.
-Estaba yendo rumbo a…-Dijo Emiliano pero fue callado prepotentemente.
-Baje de su carro y presente su libreta de enrolamiento.-Ordenó el soldado con tal seguridad que Emiliano se bajó de su auto y le mostró el documento.
-¿Usted no tiene libreta de enrolamiento, señor?-Preguntó el oficial, levantando una ceja.
-No.-Afirmó Emiliano. El soldado le pegó un golpe con un bastón y con el que lo noqueó. Emiliano se despertó tres horas después, más o menos, encadenado en un sótano. Lo estaban revisando entre el soldado y quien parecía un hacendado (aunque de mediados del siglo veinte) con la mirada. El soldado lo tocaba con el tacón de su bota militar.
-Es un proscrito, escapó del servicio militar.-Dijo con asco el soldado.
El hacendado lo miró, le revisó los dientes, los brazos y decidió:
-Va a servir bien para las labores de labranza. Llévalo para que comience a cosechar el choclo.-Le dijo al soldado, el cual llevó de los pelos a Emiliano hacia el campo. Le sacó las cadenas y le indicó que imitase a los otros esclavos. Emiliano, desconcertado, comenzó a tratar de realizar dicha tarea, pero su gran torpeza lo llevó a enfurecer al mayoral que lo comenzó a correr con un látigo. Emiliano se fue rajando pero lo alcanzó la bestia y lo azotó. De reojo, durante el castigo, Emiliano se dio cuenta que el mayoral estaba flotando en el aire, no tenía pies. También se dio cuenta que su piel era de color turquesa. Cada diez latigazos se detenía un instante a descansar el sádico ser y en uno de esos intervalos Emiliano aprovechó para salir corriendo, comenzó a escuchar un silbido agudo en el que iban subiendo cada armónico de volumen progresivamente. Sin mirar atrás llegó, sin saber como, hasta donde estaba su auto. Tenía el tanque lleno. Arrancó el auto a toda velocidad. Apareció sentado al lado suyo una rata.
-No vuelvas a pasar por acá, ¿entendido? La próxima vez te vamos a quitar el alma y te vamos a dejar cultivando al igual que a los otros humanos.
-Esta bien.-Dijo el ingeniero. La rata se tiró por la ventana del auto, la cual estaba cerrada. Pasó como si tan solo fuera un holograma. Sus pies tocaban el acelerador cuando sintió que algo observaba su huida, y aunque miró por el retrovisor no podía ver a través del mismo.
A la media hora llegó a donde tenía que comenzar a proyectar la obra. Un anciano le preguntó por que se hallaba pálido.
-Del terror por ver a quienes acechaban en el día, allá a lo lejos-dijo el ingeniero.

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